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Entrevista a Antonio Hernández, director de cine y guionista: “El futuro del ser humano pasa por la cultura” – HOY Castilla y León :: Noticias de Castilla y León
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Entrevista a Antonio Hernández, director de cine y guionista: “El futuro del ser humano pasa por la cultura”

El cineasta salmantino recibirá el 21 de octubre la Espiga de Honor en la Seminci, en el marco de la Gala del Cine de Castilla y León en el Teatro Zorrilla

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Juan Lázaro / ICAL El director de cine y guionista, Antonio Hernández

 

Cuenta Antonio Hernández (Peñaranda de Bracamonte, 1953) que en los dos cines de su pequeña localidad natal es donde aprendió a soñar, pero fue ya en sus años de estudiante de bachillerato en Salamanca cuando el azar le llevó a adentrarse en el Cine Gran Vía para vivir una experiencia catárquica al descubrir ‘2001: una odisea en el espacio’, la película que le convenció de que tenía que dedicarse al cine. El 19 de octubre de 1979 presentó a competición de la Seminci, en el Teatro Lope de Vega, ‘F.E.N.’, su debut en el largometraje, y cuarenta años después regresará al festival vallisoletano para recibir, el próximo 21 de octubre, la Espiga de Honor, en el marco de la Gala del Cine de Castilla y León en el Teatro Zorrilla. Autor de grandes películas como ‘Lisboa’ o ‘En la ciudad sin límites’, y director en series como ‘Gran Reserva’ o ‘Las chicas del cable’, Hernández prepara ya sus próximos largometrajes: ‘Testamento’, a partir de un guion propio, y ‘Parecido a un asesinato’, sobre la novela homónima de Juan Bolea.

 

¿Qué es lo que más recuerda de su infancia en Peñaranda?

El cine ocupaba una parte importante de nuestra vida, porque en un pueblo como Peñaranda de Bracamonte la evasión, aparte del juego, era el cine, que los jueves, viernes y sábado nos abría las fronteras a otros mundos y a otras maneras de entender la vida. En realidad recuerdo mi infancia ‘fellinianamente’ como un recreo constante. Quitando los seis años (desde los 9 hasta los 15) que pasé interno en el colegio de los escolapios, que lo viví como si me hubieran impuesto una pena de cárcel, tengo un recuerdo maravilloso. Luego la vida en Madrid y en el resto del mundo ya me ha parecido más dura, pero volver al refugio de Salamanca y Peñaranda siempre reconforta. Salamanca ahora parece un teatrito bien iluminado y decorado, está preciosa; Peñaranda me da algo más de pena porque, como todos los pueblos de nuestra autonomía, está un poco de capa caída. Haría falta insuflar ahí algo de economía para que vuelva a brillar como en aquellos años.

 

¿Cómo vive el proceso de despoblación del mundo rural, usted que tiene esas raíces y lleva décadas afincado en Madrid?

Me pasa lo mismo que cuando veo cómo se han ido cerrando cines a lo largo de toda la geografía española: ¡Qué tristeza! ¡Qué pena! Aquellos palacios del entretenimiento que eran protagonistas de la vida de los pueblos y de las pequeñas ciudades fueron desapareciendo y curiosamente ahora, cada vez que llega el cine en ruta, que llevan el cine como los pioneros y se proyecta en la plaza, resulta que se llena. Hay algo absurdo ahí. Yo creo que en general el pueblo, la gente, no es consciente de que sus movimientos marcan su futuro, y de que si tú empiezas a no comprar en la tienda de al lado, la tienda de al lado acabará cerrando, y tendrás que irte más lejos a comprar. Es algo que no aprendemos. Si tú compras todo por Amazon, la industria más cercana a ti se va a ir hundiendo, y por lo tanto tú también. Es como lo de no ir a votar. ¿Cómo no vas a ir a votar si es tu única oportunidad de dar tu opinión? Pues hay gente que no va a votar y luego sufre las consecuencias de lo que han votado los demás. Es un poco ridículo.

 

Con 18 años, cuando acababa de marcharse a estudiar Ciencias de la Imagen en Madrid, creo que le regalaron su primera cámara.

Sí, mi padre ya empezó a aceptar que le había salido un hijo raro que quería estudiar para director de cine. Me compró un tomavistas Super8, una montadora y una empalmadora, y empecé a rodar mis primeras películas. Llegamos a rodar hasta un largometraje de hora y media en Super8, como aficionados, con mis amigos y mi familia, pero no lo llegamos a terminar de lo dura que fue la experiencia.

 

Y aún así persistió…

Y aún así me quedaron ganas… Este trabajo es agotador siempre, es muy duro, pero es tan espectacularmente único, que te sacrificas. En mi opinión es una de las profesiones más exigentes que hay, porque un director de cine está contestando preguntas desde que se levanta hasta que se acuesta, con todo un equipo que depende de cada una de sus decisiones. Es un trabajo de demasiada responsabilidad, pero es muy bonito.

 

¿Cómo surgió la inquietud por contar sus propias historias?

Yo me enamoré del cine un buen día en el que a todos mis compañeros de pandilla menos a mí les dejaron entrar en el Cine Taramona a ver un documental alemán que se le había colado a la censura que se llamaba ‘Helga, el milagro de la vida’. Recuerdo ir caminando y ver un cartel con naves espaciales en el Cine Gran Vía, entrar en la sala y estar yo solo. Ponían ‘2001: una odisea en el espacio’, y allí viví una catarsis en la que me enamoré del cine. Me quedé tan fascinado de aquello que pensé que quería hacerlo, y luego me influyó que todos los directores que empecé a estudiar y que admiraba eran autores: Truffaut, Fellini, Buñuel, Bergman… Todos habían escrito sus películas y yo quería dedicarme a esto y contar mis propias historias.

 

Ya en Madrid fundó junto a varios compañeros de Ciencias de la Imagen Micra Film. ¿Desde el comienzo sintió que necesitaba su propia productora para sacar adelante sus proyectos?

Los cuatro que montamos la productora pensábamos algo de lo que sigo convencido, que la mayor parte de lo que hagas depende de ti, no de tu suerte, ni de que te vayan a llamar o a contratar. Eso ya lo percibíamos en el ambiente en la facultad porque éramos muchos y quién nos iba a llamar a nosotros y por qué razón. Entonces decidimos crear esa productora, pusimos un dinero que pedimos prestado a nuestras familias, echamos a suertes a quién le tocaba hacer cada cosa y a mí, por casualidad, me tocó hacer el guion y la dirección. Así empecé.

 

Luego se sumó a la aventura su hermano Avelino…

Mis compañeros de la productora decidieron dejarlo y dedicarse a otras cosas, y él y yo empezamos a hacer publicidad, rodamos dos cortos más y a los tres años nos dimos cuenta de que teníamos que lanzarnos a la piscina y hacer un largometraje. Así rodamos ‘F.E.N.’, una película que seleccionó Valladolid y también el Festival de Berlín, y con ella empezó todo.

 

¿Qué recuerda de aquel estreno en la Seminci?

Dos caras muy diferentes. El primer pase fue un éxito de público. Recuerdo estar en el palco junto a mi hermano, López Vázquez y otros miembros del equipo y que el público aplaudía tanto que yo no sabía cómo reaccionar. Sin embargo al día siguiente hubo otra proyección donde la prensa más dura del festival le dio mucha caña a la película, algo que nunca entendí, porque luego a nivel internacional recibió unas críticas excelentes. Es una película comprometida de denuncia, que de alguna manera evidencia los errores del sistema educativo religioso imperante en aquella época.

 

En esos años España estaba sumida en pleno proceso de cambio. ¿Fue una época apasionante para contar historias con la cámara?

La sensación que teníamos hasta ese momento es que nos daba un poco de vergüenza a todos ser españoles. Estábamos demasiado vigilados por el poder público y la falta de libertad, la censura y todo aquello generaba una especie de rabia que cuando murió el director explosionó y surgió todo lo que vino después. Había unas ganas tremendas de poder contarlo todo por fin, y de no tener que tener permiso para hablar.

 

Procediendo de un pequeño pueblo de Castilla y León, dedicarse al cine era más quimera si cabe que naciendo en Barcelona o Madrid?

Para un chico de Salamanca dedicarse a producir cine era difícil porque no había nada. No había más remedio que irte a Madrid o Barcelona, porque no había ningún tipo de tejido industrial, y de hecho ahora tampoco lo hay apenas. Todo esto de la globalización ha provocado que, en general, lo poco que había de audiovisual en las autonomías se esté perdiendo.

 

Ha alternado su trabajo en cine y en televisión con mucha fluidez. ¿Son lenguajes más cercanos de lo que parece?

Yo creo que en principio son lo mismo. Cuando yo me enfrento a una película o a una serie no tengo un concepto de que estoy haciendo una cosa muy diferente para un público muy diferente porque no lo es. Al fin y al cabo se trata de contar historias. Sí es cierto que los parámetros de producción, de tiempos, son distintos. En la tele se va mucho más rápido, mientras que el cine se hace con más calma, con más preparación, yo diría que incluso con más rigor.

 

Usted dirigió en el año 2000 ‘El gran marciano’, que partió de una experiencia que revolucionó la televisión en España como ‘Gran Hermano’, y en los últimos años ha dirigido series de alcance mundial como ‘Las chicas del cable’. ¿Cómo se ha transformado el audiovisual español en estos años?

Yo creo que se está transformando justo ahora. Nos estamos convirtiendo en un centro de producción mundial a nivel de ficción, algo que hasta ahora no sucedía. Nunca habíamos sabido vender bien nuestra producción fuera de España, salvo en casos excepcionales, y han venido de fuera a demostrarnos que el producto español, además de tener una calidad excelente, puede tener éxito fuera de nuestras fronteras. Ahí están ‘La casa de papel, ‘Las chicas del cable’… Toda mi vida defendí que teníamos un potencial enorme al contar más de 500 millones de hispanoparlantes que podían ser nuestro público potencial; pues ahora lo son. Lástima que aquí no nos diéramos cuenta antes y hayamos llegado un poco tarde, porque ahora se lo están llevando las plataformas.

 

¿Cuál considera que ha sido el punto de inflexión en su carrera?

Probablemente ‘Lisboa’ (1999), con Carmen Maura, Sergi López, Laia Marull y Federico Luppi. Yo solo había realizado dos películas a lo largo de muchos años y parecía que me iba a dedicar a otra cosa, y cuando hice ‘Lisboa’ tuvo una crítica excelente y viajó por el mundo, Carmen Maura estuvo nominada al Goya, Sergi López ganó la Biznaga de Plata en Málaga… En cierto modo ahí renació mi carrera.

 

¿Y cuál es el trabajo del que se siente más orgulloso?

Francamente de todo mi cine (del que he escrito yo, no del de encargo) estoy muy contento. Sí que hay una película que es mi preferida y de la que se habla poco quizá porque pudo quedar ensombrecida por ‘En la ciudad sin límites’ (2002), que es ‘Oculto’.

 

¿Qué balance hace echando la vista atrás de estas cuatro décadas?

Que estoy empezando todavía. Esa es la sensación que tengo. Lo digo mucho pero es verdad. Yo estoy escribiendo mi último guion, que será mi siguiente película, y la sensación que tengo es de volver a empezar otra vez.

 

¿Cómo vive este homenaje que ahora le brinda la Seminci?

Para mí ha sido una sorpresa. A lo largo de la vida vas recibiendo premios en festivales, incluso más de los que esperaba, pero esto es más un homenaje que un premio, y homenaje es una palabra ya mayor, debe ser porque ya soy mayor. Me parece tan cariñoso, tan halagador, que la verdad no sé qué decir. Que muchísimas gracias, además siendo del festival donde empecé.

 

Entiendo que es un festival que siente como algo propio en cierta medida, ¿no?

Sí, porque allí empezó la carrera de un director que era yo. Fue como cumplir un milagro. Las sensaciones que tuvimos en aquella primera proyección son irrepetibles. Era la primera vez que íbamos a un festival, la primera vez que algo que yo había rodado se proyectaba ante un patio de butacas lleno, y que aplaudieran era una sensación tan extraña como ir a un concierto y cantar. Lo curioso es que después nunca he vuelto al festival de Valladolid. No sé por qué la vida me ha llevado a otros festivales con mis películas, de hecho fui hace cuarenta años y vuelvo ahora.

 

Sus hijos y su pareja se dedican también al audiovisual, parece que el veneno del arte y la creatividad siguen su curso en la saga familiar…

Totalmente, no hemos podido evitarlo (ríe). Recuerdo que mi exmujer y madre de mis hijos siempre deseó que se dedicaran a cosas ‘normales’, como la medicina, abogacía, ingeniería… Pues no. Salieron dos clones, por decirlo de alguna manera, y los dos dirigen y escriben, en mi opinión con un talento descomunal, y ahí están, peleando por salir adelante como pueden.

 

¿Qué consejos le brinda a sus hijos?

Lo único que les he pedido siempre es ser honestos. Es la palabra que mejor se puede utilizar como arma a la hora de enfrentarte a una profesión: ser honesto, contigo mismo y con el trabajo que haces, porque eso te exigirá calidad, esfuerzo, responsabilidad…

 

¿Qué poder tiene el cine y el arte para cambiar el mundo que nos rodea?

Todo. Mi intención es basar mis palabras de agradecimiento en la gala de entrega en eso, en que la educación lo puede cambiar todo. Y el cine educa y culturiza como lo hacen la música, el teatro o la pintura. Solo hay un posible futuro para el ser humano que es la cultura; ni el dinero, ni la economía, ni la política… Si no hay cultura estamos perdidos.

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