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Nora García, psicóloga de la AECC de Zamora: “Hay muchos más pacientes que tienen más miedo al dolor que a la muerte”

La joven burgalesa explica el crecimiento postraumático y las dificultades que añade la pandemia al tratamiento psicológico para pacientes con cáncer

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Juanma de Saá / ICAL
Si gestionar la pléyade de sensaciones que produce enfrentarse a un cáncer ya era difícil en condiciones habituales, con la pandemia de coronavirus se ha convertido en un acto heroico y ha obligado a la Psicología a echar el resto para compensar la situación.

Nora García Herrera (Burgos, 1995) trabaja en la Asociación Española Contra el Cáncer de Zamora, después de iniciar su actividad profesional en un centro médico en Badajoz y en la Asociación Asecal de Salamanca. Es psicóloga general sanitaria, graduada por la Universidad Pontificia de Salamanca y con dos másteres y formación en duelo y cuidados paliativos. Hizo un trabajo de fin de Máster en Psicología General Sanitaria titulado ‘Crecimiento postraumático y la experiencia de sentido vital ante la enfermedad oncológica’.

Nora García recuerda que, “cuando ocurre algo que te rompe la rutina, te das cuenta de pronto de que la vida no dura para siempre” y asegura que “la medida de lo que somos es lo que hacemos con lo que tenemos”.

 

¿Cómo es su trabajo habitual en la AECC de Zamora?

Ejerzo el papel de psicóloga en la sede central de la Asociación y doy atención psicológica en el hospital. Cubrimos, sobre todo, primeros auxilios psicológicos, cuando los pacientes reciben el diagnóstico inicial; una vez que están ingresados en planta, tengo movilidad para pasarme por medicina interna y por cuidados paliativos. Ahí hacemos atención psicológica a pacientes y familiares, aunque ahora, con la pandemia, no pueden estar los familiares y lo hacemos da forma externa. Cuando fallece algún paciente, también prestamos atención psicológica a los familiares en el duelo.

 

Usted conoce a las personas en uno de los peores momentos de sus vidas.

Sí. Hace poco, una paciente de Coruña me dijo: ‘Tú has sido lo mejor que he encontrado en el hospital’. Cuando acaban de recibir el diagnóstico y un familiar sabe que esa persona va a fallecer, el acompañamiento y la cercanía no hace que duela menos pero les ayuda a sobrellevarlo mejor.

 

Su trabajo de fin de máster habla de buscar algo positivo entre el cáncer. ¿Cómo se consigue algo así?

Mientras hacía el final del máster, estaba en la Asociación Española Contra el Cáncer, de Salamanca y allí conocí a muchos pacientes. Uno de ellos me inspiró a hacer este trabajo. Él ocupaba un cargo muy importante en una empresa de Salamanca, le diagnosticaron un tumor cerebral y me dijo que, a partir de ese momento, empezó a vivir. Con esa historia, me di cuenta de que todo depende de la perspectiva. En el trabajo de fin de máster, empiezo diciendo que la vida te da las cartas pero eres tú quien decide cómo jugarlas. Esa es la base.

 

Entonces, ¿es cierto el tópico de que ver que peligra la vida hace que la valores de verdad?

No creo que sea exactamente así pero, cuando ocurre algo que te rompe la rutina, te das cuenta de pronto de que la vida no dura para siempre. Tenemos obsolescencia, un tiempo determinado de vida, igual que los electrodomésticos.

 

¿También está programada?

No, no. Si acaso, podría serlo pero no sabemos para cuándo. Lo bueno de los electrodomésticos es que se puede calcular, más o menos.

 

¿Qué puede haber de bueno en padecer un cáncer?

El planteamiento no es ese. No se trata de sacar el lado positivo. Me di cuenta, estando en el hospital, de que existía un crecimiento. Las enfermedades graves, como el cáncer o como la COVID-19, cuando nos dejan ingresados, marcan un punto de inflexión en nuestra vida porque amenaza todos nuestros proyectos vitales. Eso crea mucho malestar y estrés pero también crea un crecimiento postraumático, de manera que desarrollamos algunas cosas positivas en el ámbito personal porque nos estamos enfrentando a una situación estresante para nosotros. Dentro de ese crecimiento postraumático, podemos hallar nuevas potencialidades. Hay muchos pacientes que han encontrado nuevas capacidades dentro de sí mismos al enfrentarse a la enfermedad. Su estilo de afrontamiento cambia hacia algo óptimo y desarrollan estrategias que, al final, guardan en su repertorio conductual, como si fuera una librería en la que hay cajoncitos y a la que acudimos para encontrar soluciones a nuestros problemas. Obviamente, eso no significa que el proceso oncológico sea maravilloso porque crea estrés y ansiedad pero, cuando somos capaces de integrar ese proceso en nuestro proyecto vital, tenemos la capacidad de desarrollar algunas características personales que hagan que, cuando termina, no volvamos a la misma línea base, sino a una superior.

 

¿Hay algún comodín que pueda utilizar en su trabajo en la AECC de Zamora?

No. Cada caso es único y exige una visión personalizada. El proceso oncológico no afecta solamente al paciente, sino a toda su familia. Por eso, desde la Asociación, trabajamos de forma sistémica: con todas las personas a las que afecta la enfermedad, si ellas quieren. Ese episodio, ese proceso vital estresante y de lucha puede producir un crecimiento al familiar y al paciente. Hice un estudio con 968 personas y vi que el sentido de la vida aumentaba después del proceso oncológico porque la enfermedad te hacer replantear el proyecto vital. Cuando eres capaz de introducir la enfermedad en tu proyecto vital, desarrollas estilos de afrontamiento mucho más adaptativos y que podremos utilizar en otras circunstancias, como el duelo.

 

¿De qué forma reacciona el paciente tipo que se enfrenta por primera vez a un cáncer?

Lo único que relaciona de verdad a todos los pacientes es que son personas que precisan ayuda. Ese es el paciente tipo porque cada uno de ellos tiene sus características específicas, tanto por el tipo de cáncer como por su personalidad y economía. Son personas que se ven en un punto de inflexión vital y que ven que necesitan ayuda. Es como cuando te haces un esguince y te dan unas muletas para que puedas seguir andando mientras te curas. Aquí, a la sede de la Asociación, vemos más a familiares y, en el hospital, más, a pacientes. Por eso es tan importante estar en hospitales.

 

¿Cómo es su trabajo en el hospital?

Las primeras horas, cuando los oncólogos e internistas pasan por las habitaciones, yo suelo estar en el despacho, donde he citado a personas para una sesión. Después, voy a Quimioterapia, Radioterapia y Mamografía y hablo con los compañeros, con las enfermeras, que me explican cómo va el día y si hay algún paciente que necesita atención psicológica. En cualquier caso, si hay necesidad, me llaman a mi móvil. Después, paso por las habitaciones, por las que ha pasado previamente mi compañera trabajadora social, Sara, para saber qué necesidades tenía cada paciente.

 

¿Tener 25 años es una dificultad añadida para ganarse la confianza de los pacientes?

No es habitual aunque, a veces, me preguntan mi edad, sobre todo la gente mayor. En esos casos, utilizo la risa como recurso. Tienes que hacerles ver que la edad poco tiene que ver con la formación. Puedes ser joven y tener una gran formación y experiencia y ser mayor y no saber nada. La primera impresión puede confundir, en ocasiones, pero la gente se da cuenta enseguida del tipo de energía, dinamismo y, sobre todo, los conocimientos que tienes y te acogen sin problemas, como parte de su familia.

 

¿No le resulta todavía más difícil generar confianza con la cara tapada por la mascarilla?

Sí. Es un hándicap. La mascarilla lo pone más difícil y también, la distancia. La gente, en esos momentos, necesita sentirse arropada y, muchas veces, la separación y la mascarilla son perjudiciales. Intento intensificar la relación terapéutica y sonreír a través de los ojos. Son sensaciones que tú produces y, al final, creas el vínculo.

 

Sobre usted recaen las penas ajenas pero ¿en quién deposita las suyas?

Yo también voy a terapia. Igual que yo presto apoyo psicológico, también lo recibo. Digo mucho a mis pacientes y a sus familiares, como cuidadores, que hay que cuidarse. Yo soy la primera que me cuido, yendo a terapia de forma semanal, haciendo mucho ejercicio físico y procurando dedicarme un tiempo personal.

 

¿Ha fallado alguna vez de forma estrepitosa?

Creo que fallamos a diario pero es la única forma eficaz que tenemos, la única oportunidad para crecer y evolucionar.

 

¿Algún paciente difícil la ha dejado callada con sus argumentos?

No. Nunca me ha pasado eso porque tengo con mis pacientes una relación terapéutica, una relación de confianza. Cuando me preguntan algo que no sé, lo digo, me informo y procuro responder lo mejor posible.

 

¿A cuántos pacientes trata?

El mes pasado tuve 98 sesiones, algunas de ellas, grupales, con una duración que oscila entre 45 minutos y una hora. Lunes, miércoles y viernes, en el hospital y martes y jueves, en la sede y, la semana siguiente, al revés. Por lo tanto, está muy equilibrado. Además de la atención psicológica individual, hacemos sesiones de grupo, por ejemplo, para relajación y para dejar de fumar, aunque el coronavirus lo impide ahora.

 

¿Qué es lo primero que dice a un paciente que acude con un cáncer recién diagnosticado?

Lo primero que hago es presentarme y lo segundo, preguntarte en qué te puedo ayudar.

 

¿Es bueno derrumbarse ante una adversidad así?

Es una emoción más y es necesaria. El llanto y la risa tienen su función. Lo que pasa es que, culturalmente, a nosotros no nos han enseñado a gestionar el llanto. Las emociones tienen una función y, por eso, hay que expresarlas. Llorar de verdad permite una liberación emocional y debe hacer que te quedes como cuando has suspirado profundamente. Si la persona necesita llorar, debe hacerlo y expresar lo que necesita. ¿Cómo hacemos nosotros? La acompañamos durante ese llanto.

 

¿Qué porcentaje de pacientes piensan que la enfermedad va a poder con ellos?

Realmente, cuando su oncólogo se lo dice. Hasta ese momento, todos piensan en la posibilidad de la recuperación y, en muchos casos, la estadística es positiva.

 

¿Hay que centrarse en la esperanza o en la aceptación?

Hay que centrarse y trabajar bajo cosas objetivas. No tiene sentido trabajar desde una óptica meramente paliativa si no te han dicho de forma objetiva que esa enfermedad es incurable. Hay que trabajar bajo los datos objetivos que ofrece el oncólogo.

 

¿Es mejor irse durante el sueño o tener un par de meses para despedirse?

Personalmente, hacer algo que queda por hacer y despedirse es bueno pero también tiene su lado bueno irse durante el sueño y no ser consciente pero, en cualquier caso, con la premisa de no sufrir dolor. La base de los cuidados paliativos es esa. Hay muchos más pacientes que tienen más miedo al dolor que a la muerte.

 

¿Quién lleva mejor el proceso oncológico? ¿Quién está solo en la vida o quien vive rodeado de gente?

Es difícil decirlo pero la red social es muy importante. Al apoyo, el cariño y el cuidado por parte de las personas queridas son fundamentales, tanto en el proceso oncológico como en el proceso final de la vida. De hecho, hemos notado mucho esto con la pandemia, al no poder tener acompañantes. Los pacientes muestran más ansiedad al no poder tener a esa persona querida cerca. He tenido pacientes con cáncer y con COVID-19 al mismo tiempo y es tremendamente difícil. La duda mayor es cómo afectará el coronavirus a su tratamiento, por perder sesiones de quimioterapia, por ejemplo, si crecerá el tumor mientras tanto. La tolerancia a la incertidumbre no la llevamos bien y menos, en circunstancias como estas, en las que ni siquiera puedes moverte libremente.

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