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El confinamiento en otras latitudes

Tres castellano y leonesas relatan cómo se está viviendo la pandemia por coronavirus en sus actuales países de residencia y las diferencias que encuentran con la situación española

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Semanas de confinamiento, días de inicio, horas de deporte y paseo… Las divergencias existentes en el qué, el cómo y el cuándo de las medidas tomadas por los gobiernos de distintos países para tratar de frenar la expansión del coronavirus covid-19 no solo se traducen en diferencias cuantitativas que se reflejan en datos, estadísticas y curvas de evolución, sino que también afectan a la forma de vida de la población de esos estados y a cómo esta afronta la nueva ‘normalidad’ que ha traído consigo el virus. Tres jóvenes castellano y leonesas, que llevan entre varios meses y casi diez años residiendo en otros países, explican a Ical cómo se está viviendo la pandemia por coronavirus en dichos lugares, las diferencias existentes con España y cómo ven, desde la distancia, la situación de su tierra de origen, una de las más golpeadas por el covid-19 desde el inicio de la crisis sanitaria.

La saxofonista Inés Sánchez Benito (Salamanca, 1986) lleva desde septiembre viviendo en la localidad estadounidense de Brookline, separada por apenas siete kilómetros de Boston, para completar sus estudios postdoctorales en el Boston Conservatory at Berklee, uno de los centros artísticos más importantes del mundo, gracias a la concesión de una beca Fullbright en Música y Musicología. Y aunque en un inicio se le pasó por la cabeza volver a España, se dio cuenta por las noticias que “allí la situación estaba entonces igual o peor”, y pensó que “no tenía ningún sentido ir porque no podía estar en casa de mis padres, al ser personas de riesgo”.

Sin embargo, no pensaron como ella los cerca de 40.000 estudiantes que, cuando cerraron escuelas y universidades en Massachusets, el Estado donde se encuentra Boston, y también centros tan prestigiosos como Harvard o el MIT, “se fueron a sus casas familiares, en otros estados del país, y comenzaron a expandir el virus por Estados Unidos”. Y es que Massachusets “fue uno de los primeros focos” en la nación estadounidense, aunque al contrario que muchos otros estados del país norteamericano, allí el gobernador “empezó a poner medidas el 10 de marzo, que para Estados Unidos fue bastante pronto”, decretando el estado de emergencia y “cerrando las escuelas e institutos” apenas seis días más tarde, además de recomendar a las universidades, la mayoría privadas, el cierre de sus instalaciones, continuando estas sus clases de forma ‘online’.

 

La saxofonista salmantina Inés Sánchez Benito en Boston (Estados Unidos).

 

Estados Unidos, en base a recomendaciones y advertencias

Dicho estado de emergencia, no obstante, es “bastante diferente” al de España, puesto que, aunque enmarcado en la declaración nacional hecha por el presidente Donald Trump, “cada Estado puede luego emitir directrices más severas o de mayor apertura”. No obstante, como indica Inés Sánchez Benito, en la amplia mayoría de los casos esa declaración “lo que incluye son recomendaciones y advertencias” y reduce las prohibiciones “a las reuniones de más de diez personas y a la apertura de escuelas y bares”. Así, aún en los momentos más álgidos de la crisis sanitaria en un país que ha llegado a registrar más de 30.000 nuevos casos diarios en varias jornadas del mes de abril, “se puede salir a la calle a pasear y a correr”, si bien las autoridades advierten de que “hay que quedarse en casa el máximo tiempo posible y hay que respetar siempre el distanciamiento social, que aquí es de seis pies, aproximadamente dos metros”, relata la intérprete charra, quien no obstante matiza que “es diferente entre estados e incluso entre las propias ciudades del mismo Estado”.

Diferente también al caso de España, que esta joven salmantina vivió “con impotencia, por lo que veía que estaba ocurriendo ya allí y porque aquí no se estaba haciendo nada”. “Me agobiaba al pensar en mi familia encerrada en casa y me planteé coger el avión, pero la situación para mí es incierta porque seguramente no podría volver a Estados Unidos y tendría que renunciar a mis estudios”, explica a Ical Inés Sánchez Benito, quien no obstante agradece la comprensión y el apoyo de la Comisión de las becas Fullbright porque “desde el principio, nos han ayudado muchísimo y nos comunicaron que nos apoyarían en la decisión que tomáramos”, hasta el punto de poder aplazar sus estudios hasta el semestre que viene. Con un solo inconveniente: si decide marcharse del país, “es el Gobierno el que decide si puedo volver a entrar, y ahora mismo no se puede viajar a Estados Unidos desde Europa”, confiesa.

Por ello, la saxofonista salmantina decidió seguir confinada en su piso compartido de Brookline, donde continúa con sus exigentes estudios a través de las clases ‘online’, y donde también reflexiona sobre las diferencias existentes entre ambos países más allá de la pandemia, pero que esta ha mostrado en toda su extensión. “Aquí la cultura es muy individualista, el sistema está completamente basado en la economía y por eso es donde se están destinando la mayoría de las ayudas”, señala la joven intérprete charra, que afirma que la Seguridad Social y los hospitales “tienen algunas subvenciones del Estado, pero viven principalmente de donaciones”, al contrario que en España, donde “la conciencia social es mucho más fuerte, gracias seguramente a la tradición de la Seguridad Social”.

 

Aiala Suso, en el jardín de la casa donde reside en Brighton (Gran Bretaña).

 

Normas más “laxas” en Reino Unido

Como similar a la de Estados Unidos se puede definir la situación de Reino Unido. Allí, en la localidad costera de Brighton, reside la salmantina de adopción Aiala Suso (Vigo, 1990), quien relata que existe un semi-confinamiento muy parecido al del país norteamericano: “Cuando en España empezaron las restricciones, aquí no se impuso nada, solo recomendaron desde el Gobierno no salir a la calle”, afirma esta joven, coordinadora de voluntariado de una ONG que trabaja con personas mayores, y que asegura que “hay gente que respetaba la distancia de seguridad y la norma de salir solo una hora al día a la calle, pero hay mucha otra que no, y hay parques donde siempre se reúnen grupos de gente aprovechando el buen tiempo que ha hecho estas últimas semanas”. Una situación que confiesa que se puede ver agravada desde el pasado domingo, 10 de mayo, dado que el primer ministro, Boris Johnson, hizo una declaración pública para permitir “salir todo el tiempo que se quiera y poder ver a otra persona con la que no se conviva mientras se respete la distancia de seguridad”.

Además, el cierre tampoco se ha hecho extensivo a todos los negocios. “Hay sitios obvios, como bares y restaurantes, que sí estuvieron obligados a cerrar, pero otros muchos solo lo hicieron las tres semanas en que el Gobierno cubría el 80 por ciento del salario del trabajador”, explica Aiala Suso, quien ejemplifica la situación afirmando que su compañera de piso “volvió al trabajo cuando se acabaron esas tres semanas”, o con las tiendas, que “siguen abiertas a su elección, aunque con normas sanitarias y de separación que tienen que cumplir”.

No obstante, la joven salmantina considera que la de ahora es una situación en la que hay “menos incertidumbre que al principio, cuando Boris Johnson hizo unas declaraciones en las que dijo que era mejor que hubiera infecciones que parar la economía”. “Luego se vio que era una locura y lo frenó”, continúa relatando Aiala Suso, quien afirma que “cada vez que subo una foto fuera de casa a alguna red social, me escriben desde España pensando que estoy loca, pero es que aquí es normal salir lo que se quiera”. “Choca con la realidad de España, porque impresiona ver a la gente encerrada en casa”, apunta esta joven residente en Brighton, que asegura que en Reino Unido el confinamiento es “bastante diferente, más laxo, porque se ha dejado a la libertad de la gente”. No obstante, la salmantina no es partidaria de culpar a la población del alarmante aumento de casos en el país británico puesto que “se han ido cambiando las normas y no ha habido instrucciones claras”.

Ella, no obstante, manifiesta que cumple con las recomendaciones porque solo sale de casa “para hacer deporte, sola y nunca más de una hora”. Tampoco tiene mucho tiempo para más, puesto que, en su caso, el trabajo se ha multiplicado, al ser la suya una ONG que trabaja “con personas muy mayores que están solas” y las solicitudes de atención “se han multiplicado en estos dos meses”. También, eso sí, las de aquellas personas que quieren ser voluntarias porque “la gente quiere ayudar” y ahora, más que nunca, “hay que hacer que las personas mayores tengan los servicios mínimos de comida y medicamentos, porque van a tener que estar aislados mucho tiempo”.

 

La abulense Alexandra Calvo, en su vivienda en Lisboa (Portugal).

 

En Portugal, confinados “por recomendación”

A medio camino entre la laxitud de normas en Estados Unidos y Reino Unido y la obligación de confinamiento que se vivió en España hasta hace apenas dos semanas, se encuentra Portugal. En la capital del país vecino reside desde hace casi una década Alexandra Calvo (Ávila, 1986), quien destaca la rapidez de actuación del Gobierno luso “guiado por lo que estaba pasado en España e Italia”. Esto hizo que, en primer lugar, se declarara el estado de alerta el 13 de marzo y, para cerrar definitivamente el país, se elevara a la categoría de emergencia apenas cinco días después.

Mientras, Alexandra Calvo veía “con preocupación” como en España crecía el número de contagios y fallecimientos mientras ella estaba a poco más de 200 kilómetros de la frontera de su país natal, pero sin posibilidad de ir. “En ningún caso me planteé volver, porque yo estoy trabajando en Lisboa y, además, es imposible viajar por el cierre de fronteras”, comenta la joven abulense, quien añade que “una de las primeras medidas que tomó la multinacional para la que trabajo, no solo a nivel local sino internacional, fue prohibir cualquier tipo de viaje fuera del país de residencia que no fuese absolutamente necesario”, lo que en su caso significó anular reuniones en España y Francia.

Pero al contrario de lo que se pueda creer, debido a que las medidas del Gobierno portugués sí parecen haber dado sus frutos en cuanto al bajo porcentaje de contagios con respecto a los países de su entorno, el confinamiento en el territorio luso fue “por recomendación, no por obligación” y, sin embargo, la amplia mayoría de la población lo cumple porque “aquí la gente es más cívica y no ves a casi nadie que se salte una recomendación del Gobierno así como así”.

“Portugal es un país que siempre ha estado en crisis y, cuando empiezan a levantarse, reciben un golpe y vuelven a caer, así que hay una conciencia en la gente de que hay que trabajar unidos para que el país siga a flote”, explica Alexandra Calvo, quien extrapola esa sana convivencia a la relación de Gobierno y oposición, y la contrapone a la situación de España, donde la población “es más crítica” y donde la sensación que están dando en el país vecino, tanto Ejecutivo central como oposición, es “de risa, con un cambio continuo de opinión y medidas por parte de todos, como improvisando, y mucha discrepancia entre unos partidos y otros”.

“No se ve la misma unión que aquí”, concluye esta joven abulense, quien en estos días vive, cómo el resto de Portugal, en un estado ya menos restrictivo que el de emergencia y que, mientras la “esperanza de hacer vida normal” va volviendo a las calles de Lisboa, espera que “pronto” llegue la misma situación a los pueblos y ciudades de su Castilla y León natal.

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