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REPORTAJE

Superación es Ana Fernández, profesora

Ana Fernández es una joven de Valladolid con una discapacidad del 92 por ciento por una distrofia muscular que no le ha impedido estudiar dos carreras y aprobar la oposición para ser profesora

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La vallisoletana Ana Fernández, profesora de Educación Especial y Pedagogía Terapéutica, imparte una charla en el curso ‘Dinamización comunitaria’, que organiza el centro de formación Ibecon en Valladolid

 

Dicen que los tatuajes desvelan mucho de la personalidad de quien los lleva. Pues el cuerpo de Ana Fernández muestra unos pájaros huyendo de una jaula, una rosa con la leyenda ‘Viva la vida’, la frase de Frida Khalo ‘Pies, para qué os quiero si tengo alas para volar’ y una mariposa con la palabra árabe maktub que significa ‘está escrito’. Cinco mensajes que evocan la libertad, el afán de superación, las ganas de luchar y vencer a los obstáculos y el deseo de ayudar a las personas. Nada extraño en una joven pero en el caso de Ana Fernández estos valores tienen especial relevancia ya que esta vallisoletana de 30 años cuenta con una discapacidad del 92 por ciento por una distrofia muscular congénita, que la obliga a moverse en silla de ruedas y estar conectada a un respirador las 24 horas del día. Unas limitaciones que no le han impedido estudiar Educación Especial y Psicopedagogía en la universidad y aprobar en 2011 una oposición para ser maestra y dar clases. No es de extrañar que en 2016 recibiera el Premio Nacional de la Juventud, en la modalidad de Igualdad, que entrega el Instituto Nacional de la Juventud (Injuve).

“Una cosa es el cuerpo, donde tengo mis limitaciones, y otra la mente, que tengo intacta”, asegura Ana, quien reconoce que los tatuajes que se ha grabado en su cuerpo están “muy pensados” y transmiten a la perfección su forma de ser. La joven recuerda a la Agencia Ical que el lema de su vida es que “cualquier cosa que me he propuesto, lo he conseguido gracias a mi fuerza de voluntad”. Pese a ello, precisa que no va por el mundo “lanzando mensajes de ánimo a la gente”, porque reconoce que ella también tiene momentos de “bajón”. Se limita a contar su experiencia porque “no quiero ser el ejemplo de nadie”.

Pero a nadie escapa que su propia experiencia es todo un ejemplo. Y así lo demostró hoy dando una charla para diez desempleados en el curso ‘Dinamización comunitaria’, que organiza el centro de formación Ibecon en Valladolid. Alumnos que estudian para lograr el certificado de profesionalidad en el área de actividades culturales y recreativas y que recibieron la visita de Ana para hablar de su vida, aprovechando que mañana comienzan con el tema de la participación ciudadana. “Hemos tratado en clase el paradigma y los modelos de discapacidad y quién mejor que ella para abordar estos temas”, explica la formadora del curso, Begoña Pérez.

La joven con distrofia muscular lanzó el mensaje de que la sociedad debe tener presente los derechos que tienen todas las personas, incluidas las que tienen discapacidad porque, en muchas ocasiones, “no nos tienen en cuenta”. De ahí que demandara a la ciudadanía una reflexión sobre las dificultades con las que topa cada día el colectivo de la discapacidad y que piense que “con un poco de ayuda se pueden solucionar esos problemas”.

Ana es consciente de que su discapacidad le “frena” para realizar algunas actividades como conocer otros lugares, viajar en avión o disfrutar del ocio. Recuerda que no todos los bares y las salas de cine son accesibles para entrar con una silla de ruedas. “Es algo con los que nos topamos gente como yo y hay dificultades que se solventan y otras no”, apunta. También habla de las barreras mentales y los prejuicios de muchas personas que pueden verla por la calle y no pensar que es profesora o que lleva una vida normalizada. “No me preocupa excesivamente”, sentencia.

 

Capaz de todo

Entonces pone el ejemplo de su actividad como profesora, que ahora desarrolla en el Colegio Miguel de Cervantes, en el barrio de Las Delicias en Valladold. Da clase de Lengua y Matemáticas a alumnos de Educación Primaria, aunque también tiene experiencias con los de Infantil e incluso con los de Secundaria. “Mis alumnos me respetan y me ayudan desde el primer día porque saben que soy capaz de hacer todo”, asegura.

Una persona la lleva en coche hasta el centro, le ayuda a colocar las cosas en el aula (portátil y agenda, entre otras) y empieza con sus clases de la mañana, donde está sola con los niños. “Si hay que coger material, los propios chicos me lo acercan, y si les tengo que corregir un ejercicio, ellos se acercan y me ponen el cuaderno en mis rodillas”, explica con normalidad.

“Los problemas que he tenido en los colegios donde he dado clases han estado relacionados más con los compañeros que con sus alumnos. Los niños se sorprenden cuando te ven el primer día pero luego ven tu discapacidad como algo normal”, añade.

Hasta llegar a dar clases, Ana no lo tuvo fácil pese a haber aprobado la oposición y lograr una de las plazas reservadas para las personas con discapacidad. Aún recuerda los problemas que se encontró con el Centro Base que debía emitir un informe que recogiera si era apta para impartir docencia. “Un trámite que hay que pasar sin conocerme ni saber cómo me defiendo en mi vida. El único criterio es el porcentaje de discapacidad”, apunta. Al final, fue clave la opinión de uno de los técnicos del centro que conocía a la joven para superar esa “prueba”. Otra más, en su vida.

En unos días, Ana dejará las aulas y a sus alumnos para formar parte del Centro de Recursos para la Equidad Educativa (Creecyl), dependiente de la Consejería de Educación. Allí, elaborará programas de inclusión, dirigido a todo el alumnando, para lograr que la atención a la diversidad sea una realidad en los colegios e institutos. “Creo que mi experiencia como alumna y profesora han sido determinantes para que me ofrecieran ese puesto”, reconoce. La joven confiesa que fue complicado tomar la decisión porque le encanta dar clases y el contacto con los niños pero asegura que será “por un tiempo” porque en futuro volverá a las aulas.

Además, allí donde esté, Ana lucirá sus tatuajes que le recuerdan que los pájaros siempre pueden escaparse de la jaula o que los pies no son tan necesarios si tienes alas para volar.

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